Eva Luz y los Aprendizajes: Una reflexión Crítica
Cuando pienso en la evaluación de aprendizajes,
veo un proceso sistemáticamente ordenado: evaluación diagnóstica – nivelación- contenidos
- evaluación formativa - repaso- evaluación sumativa.
Este orden penitente viene dado. Establecido,
meticulosamente, sin rostro ni apellido. De hecho no se me ocurre mucho más que
decir, que ya no esté claramente establecido al respecto, si no simplemente
para “demostrar” y poder ser evaluado.
Es cierto, constantemente estamos
evaluando, a cada instante, en cada momento, pero no es de aquella evaluación
de la que se nos invita a hablar aquí. No es sobre esa imperceptible relación,
segundo, fracción en la que un profesor se da cuenta del ambiente en el aula, o
su tensión o la tristeza en los ojos de un alumno. Acá tratamos de acercarnos
al conocimiento del niño, de saber cuánto de lo que le tratamos de transmitir
es incorporado, si sabe hacerlo, si tiene el hábito, etc… y luego “notificarlo”. Podríamos
decir “valorarlo” o “apreciarlo” como deseen pero como sea que quieran llamarlo
es un acto subjetivo y parcial. Hasta antes de ser “indicado” la relación se
basaba en la intersubjetividad, en la construcción dialógica o incluso en la
dialéctica formativa, sin embargo, de pronto lo “calificamos”, es cierto, lo
que pretendemos es emitir un estado del
conocimiento según nuestro parecer de “expertos”, pero el saber de nuestros alumnos, no está separado
del ser y finalmente la nota refleja mucho más de lo que nos proponemos.
La escuela moderna, incorpora desde
su creación el reflejo del contexto en la que fue creada, la dimensión
proceso-producto; la nota, es la
etiqueta del producto, de ahí que con el desarrollo de la educación y de su
ciencia, exista una minuciosa preocupación porque la “etiqueta” sea la adecuada
y se ajuste lo más posible a la realidad que se pretende medir, con mayor razón
si este es un niño, niña u joven en formación. La nota “cuantificada”, se
transforma en el elemento objetivo, matemáticamente riguroso, decimalmente exacto
y el proceso en el que se inscribe rigurosamente establecido y constantemente
reestudiado para que sea viable, ética y exacta. Sin embargo sigue siendo
inexacta en su valoración.
Los énfasis por lo general, se
establecen en los sectores estratégicos o de mayor importancia. A medida que
nos preocupamos y profundizamos en la evaluación de los aprendizajes también
demostramos su importancia para el sistema y le “enseñamos” a nuestros alumnos donde está lo importante.
Cuando lo calificamos, le asignamos simbólicamente la importancia que para el
sistema tiene y él no lo recibe en relación al conocimiento evaluado si no al
valor que aquel acto simbólico tiene. Lo mismo ocurre cuando los padres reciben
los informes de notas y estas se traducen en caras desesperanzadas o de
alegría.
El valor que le otorga el sistema al
proceso final de la evaluación - la nota - es tan grande que de pronto
simplifica todo el proceso de aprendizaje a aquel resultado, pues es ese el que
“vale”, el que puede ser intercambiado, como si fuese dinero, por algo: permiso
para salir, un portátil nuevo, las llaves del auto, una beca, un porcentaje
para entrar a la universidad, etc.
La
creencia en una pedagogía científica legitimó el estilo de discurso al que
podemos denominar razón instrumental.
Se supone que existe una estructura de la experiencia común a todas las
personas y unos objetivos determinados e inamovibles. El problema de la
educación y de la formación estriba en identificar los medios más adecuados
para la consecución de los fines establecidos. (Popkewitz,
1987, pág. 15)
Y tales metas se logran
incrementando la eficacia y coordinando los programas, que finalmente se
traducen en el mejoramiento de la educación y en una imagen de pensamiento
racional y de eficacia institucional, agrega Popkewitz (1987) Gracias a esta imagen, se permite la
evaluación de los aprendizajes.
Sin embargo, la importancia de la evaluación de lo que se aprende, no se queda solo ahí.
En ninguna otra parte se revela con más
claridad la naturaleza del currículum oculto que en el sistema de evaluación. (…) Las recompensas son algo extrínseco, y todas las interacciones sociales entre
profesores y estudiantes sufren la mediación de estructuras organizadas jerárquicamente (Giroux, 1990).
La importancia asignadas
socialmente a las notas, permiten no solo evaluar conocimiento si no también conductas y como tal subyace un
control social. Es innegable reconocer que existe una relación de poder entre
el profesor y el alumno en el que la calificación y la “valoración” juegan un
rol. Ya me parece escuchar el:
“- … para que le voy a
discutir, si usted es profe, siempre tiene la razón y después me pone una nota
y me…”
Lo que el alumno no sabe, que la
evaluación de aprendizaje funciona como un sistema de control transversal.
El desarrollo de la razón
instrumental es una respuesta al nuevo papel del profesional como asesor
imparcial del político. No se trata ya de los valores últimos o de los
propósitos institucionales, sino de la administración social. Esa nueva
estrategia, sin embargo, no está exenta de valores o de intereses. (Popkewitz,
1987, pág. 16)
Para una institución escolar el
rendimiento de sus alumnos es señal de éxito, logros y resultados, no hay motivos
para dudar, sin embargo, no ocurre lo mismo a la inversa; es obvio, existe una
natural preocupación por el aprendizaje de los alumnos, pero también en muchas
otras, por la mala imagen que se producen en las evidencias que como institución
se pretende reflejar. Como tal entonces, y al igual que en el caso de los
alumnos, existe mayor preocupación por el resultado, es decir rendimiento, que
por los aprendizajes. Uno de los indicadores de la calidad de un profesor, son las
calificaciones que pone, por lo que será parte de su preocupación en función de
su estabilidad laboral, el asegurar buenas calificaciones.
Así mismo, el número de notas por
horas de asignatura, el calendario de evaluaciones, pruebas estandarizadas,
notas de apreciación, entre otras son claras muestras de regulación y
control que permanece del racionalismo
técnico, en función de establecer un control eficiente sobre la labor del
profesor.
El docente es visto, por tanto, como un
técnico que debe aprender conocimientos y habilidades útiles para su
intervención práctica, que se fundamentará en conocimiento producido por
investigadores y especialistas. No es necesario que acceda a los modos de producción
del conocimiento científico, sólo debe dominar los procesos técnicos con los que
aquél es aplicado. (Medina, 2012,
pág. 6)
Evaluación de aprendizajes, sí claro.
Valoremos lo que somos capaces de construir juntos, los limites que somos
capaces de traspasar, los nuevos desafíos que eres capaz de plantearte con mi
ayuda, Apreciemos lo que seas capaz de criticarme, lo que de mí puedas ver para
crecer. Soñemos. Construyamos un mundo mejor.
Bibliografía
Giroux, H. (1990). Los Profesores como
Intelectuales: hacia una pedagogía crítica del aprendizaje. Barcelona:
Paidós.
Medina, J. L. (2012). Las Bases Epistemologicas de
la Práctica Reflexiva. Barcelona: Universidad de Barcelona.
Popkewitz, T. (1987). Ideología y Formación Social
en la Educación del Profesorado. En T. Popkewitz, Formación del
Profesorado:Tradición.Teoría.Práctica. (págs. 6-34). Valencia:
Universidad de Valencia.




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